El vestido de comunión, una ilusión cumplida.

Por fin llegó el gran día y el vestido de comunión ha podido estrenarse.
Si recordais, os comenté que era una copia exacta del vestido que yo llevé en mi primera comunión.
Como esta vez, necesitábamos otra talla más grande, decidimos aventurarnos la abuela y yo.
Excepto el cuello, que se lo pusimos tipo bebé (y el mío era payaso), el resto del vestido es exacto.

El bordado semeja una cesta de flores que estallan en primavera. Tonos de rosa y verde hoja. El cesto se realiza con una vainica.
El vestido es de algodón batista, y lleva un “doble” (sin manga) pegado por dentro, para hacer las veces de viso y enagua rizada. Así conseguimos que no se vea la barriguita a través de la vainica, y que la falda no se pegue al cuerpo, obteniendo un poco más de vuelo. La falda interior, acaba con una puntilla.

Hay dos tipos de flores, las pequeñitas que se bordan con hilo matizado, y las grandes que directamente se trabajan con el haz de 6 hebras dándole la forma deseada.

La falda termina con entredoses y conjuntos de 5 nervios.

En la manga hemos puesto el mismo entredós pero sólo con 3 nervios, así se obtiene mejor el efecto globo de vestido de princesa.

Para adornar un poco más el vestido, le pusimos un cinturón blanco de la misma tela de algodón, para disimular la costura de la cintura, y lo cubrimos con un lazo de gasa en un fucsia que hace juego con las flores del bordado.
Como podeis ver, la princesa de casa lo lució realmente feliz.

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