Don’t worry, believe me, you are on the best hands.

La mañana estaba siendo lo propio de un lunes. Realmente no puedo decir si atendí a mucha o a muchísima gente, porque ya hace tiepo que decidí dejar de contar. Ahora mi propósito es llegar feliz al trabajo y salir feliz por la puerta rumbo a casa. No pienses que es fácil, cada una de las personas que se ponen delante mio durante la mañana intentan trasladarme sus problemas, como si yo no tuviera suficiente con los mios. Claro, ellos no saben que mis propios problemas, mi cruz, tambien pesan.

Yo se lo que es cargar un madero, yo se lo que es caminar con él mirando alrededor y viendo como todos te miran y pocos, muy pocos,  deciden ser cireneos. Por eso cuando les miro a la cara y descubro sus miradas vacias, llenas de profunda tristeza, sus caras indiferentes, me siento identificada en tantos momentos de soledad y decido regalarles una sonrisa. No puedo cargar el peso de sus problemas, pero puedo mostrarles que nunca debemos perder la dignidad del sufrimiento, la alegria de la vida.

En esa tarea estaba cuando el equipo de urgencia entró por la puerta. Habían salido a un aviso y traían a un paciente con complicaciones. “Vente con nosotros a la sala”, me pidió la doctora al pasar con la camilla por delante de mi puesto. Normalmente, en mi trabajo, un administrativo no pinta nada en la consulta, pero esta vez se trataba de ganar tiempo. El paciente era britanico y no hablaba nada de español.  Mis compañeros saben que puedo comunicarme en inglés y saben que pueden contar conmigo si lo necesitan. Así que allí estaba yo, traduciendo en uno y otro sentido toda la información que fluía entre él y quienes trataban de salvarle la vida.

Decidí ocupar un rincón en la sala para no entorpecer,  pero asegurándome de que el paciente podía verme. Le ofrecí poder llamar a alguien, avisar de su paradero,  pero me contestó que estaba solo. Nadie le esperaba. Recogí todos sus enseres y los empaqueté en un gran sobre con su nombre, listos para trasladarse junto a su dueño al hospital. Porque a esas alturas, otra ambulancia especializada estaba llegando para recogerle. Mientras, la pequeña sala se había llenado con más compañeros míos, empeñados en mantenerlo con vida.

Yo seguía en el rincón,  preguntándole cuando le preguntaban, respondiendo cuando él atinaba a mascullar la respuesta. No sabía que pasaba, no entendía nada de lo que mis compañeros comentaban. Por eso sólo me miraba. Le expliqué que otro equipo venía a buscarle para trasladarle al hospital y él se resignó cuando vió mi expresión al confirmarle que eran los que les mantendrían “alive” con un superdespliegue. Eran sus ángeles de la guarda.

En estos casos siempre pienso en las soledades.  La soledad de la compañía,  la soledad del idioma, la soledad social que te margina. Y él seguía mirándome. Pese a no estar acostumbrada a contemplar las maniobras de mis compañeros,  confieso que no me impresionaron.  A él sí, por eso me esforcé en mantener el semblante sereno, porque yo era su punto de referencia, la imagen que fijaba cuando recuperaba el aliento.

En esas llegó el equipo de la uci móvil,  aunque le advertí de que no se asustara, le impresionó el tremendo despliegue. ¿Cómo puede ir tanta gente dentro de una ambulancia? Ellos tomaron el control, es un placer ver como trabajan, lo profesionales que son. Me embelesé observándoles, la pequeña sala estaba repleta con los dos equipos completos cuando pensé que quizá, lo que yo estaba haciendo ya, era estorbar. Todos hicieron el “traspaso de poderes”, incluso yo me encargué de que mi homólogo en el otro equipo, el “técnico en transporte sanitario” o sea, el conductor,  se hiciera cargo de las escasas pertenencias del señor.

Y entonces, entre batas blancas y polos fluorescentes del 061, vi Su expresión serena. “Thank you very much to be with me, I’m sorry to trouble you”, me dijo cuando se lo llevaban. Don’t worry. Believe me! you are on the best hands, le contesté, intentando que viera en mis ojos la misma Esperanza que yo sentía.  Y me sonrió.

Era una mañana de lunes, como cualquier otra. Pero yo Le había visto pasar y había sentido su fuerza para continuar sonriendo.

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2 comentarios en “Don’t worry, believe me, you are on the best hands.

  1. Me ha encantado y me ha emocionado esta historia.
    A veces sólo necesitamos que alguien nos haga sentir que no estamos solos.
    Un beso.

Y tu... ¿caminas conmigo?

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