Amor de madre.

A principios de mayo, entreparéntesis se puso en contacto conmigo para proponerme escribir una entrada en su web.

Querían hacer un mes temático a las madres y habían pensado que yo podía inaugurar el primer domingo.

Hacía mucho que no escribía. De hecho, este blog está en suspenso desde hace ya ni me acuerdo… Tengo la suerte de escribir cuando quiero y no por profesión. En este tiempo que ha pasado, mi vida ha sufrido cambios, ha evolucionado, han surgido temas que necesitaban mi atención más urgente. Por eso agradezco infinito a mis amigos de los diálogos en las fronteras, que me invitaran a volver al mundo bloguero.

Puede que sea una indicación de lo alto, para recordarme que debo seguir alimentando este rincón de la blogosfera. No se. Debo discernirlo. Debo encontrar la chispa para poder compartirla.

De momento, os dejo la entrada íntegra que también puedes leer en la página original (pinchando aquí).

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Como madre, tengo la bendición de disfrutar de dos hijos muy especiales.

Como todas las madres, se me cae la baba viéndoles crecer y me da un vuelco el corazón cuando se ponen enfermos o cuando sufren injusticias. Como todas las madres, pienso que los míos son los más guapos, los más altos (eso sí es verdad, lo dice el percentil de sus cartillas infantiles) y los más cariñosos del mundo entero. Y no me corto un pelo para decírselo y que lo sepan, ¡que lo tengan claro!: para su madre, ellos son lo mejor… como para cada madre lo son sus hijos (eso también me preocupo por que lo sepan).

Por mucho que mis dos “enanos” me regalen los oídos, yo sé que no soy la mejor madre del mundo. No me importa. Creo que esta vida es un camino que discurre en un momento y un lugar concreto y, al igual que los niños no vienen con un libro de instrucciones debajo del brazo, a ningún padre o madre le hacen un examen, tipo “carné de conducir”, que diga si somos aptos para circular por la vida con un hijo a cargo.

Pocas horas después de mi primer parto, una enfermera me dio el mejor consejo: “No mires a tu hija como un apéndice de ti, sois dos personas diferentes. Ahora tenéis que aprender a trataros y a quereros la una a la otra”.

EL AMOR. El amor entre una madre y su hijo. Da igual qué madre y qué hijo. Creo que esa es la receta que nos salva de todo error u omisión. Da igual el tipo de madre que seas o la situación en la que te encuentres, siempre que te defina ese vínculo.

Como soy consciente de no ser una “madre perfecta” procuro mirar alrededor y APRENDER de otras madres que me parecen mucho más ejemplares que yo.

Tengo muy presente, por ejemplo, la ENTEREZA y la CONSTANCIA de las madres de hijos con necesidades especiales. Nunca se rinden ante el golpe de saber y aceptar que su hijo no es como los demás. Ver cómo muchas veces, son marginados y marcados por una sociedad que no les entiende ni les ayuda. Sí que socialmente hemos recorrido mucho camino en este tema, pero burocrática e institucionalmente queda todavía mucho por recorrer.

Me enamora la GENEROSIDAD de las madres que no han concebido en su útero, o que acogen por limitados espacios de tiempo ¡Qué fácil es ser madre amantísima de una criatura nacida de ti! ¡Qué fácil es regalar tu amor a los hijos que te pertenecen!… qué fácil olvidarse de los demás hijos, de las demás madres.

Me contagio de la FUERZA de las madres solas, de su LUCHA por sacar adelante a esas criaturas contra viento y marea o, peor aún, siendo objeto de malos tratos. Sufro (he sufrido y he llorado) junto a madres que han decidido despedirse de sus hijos antes de que ellos vieran la luz de esta vida… algunas llorando amargamente esa despedida. ¿Quién soy yo, que tengo casa y trabajo estable y dos hijos sanos, para condenarlas? ¿Acaso no sé también cuánto se quieren los hijos, sólo por ser hijos?… También sufrí y recé junto a una madre hindú que por AMOR, luchó por la vida de su hijo nonato condenado por la medicina. Y me alegré dando gracias, cuando nació sano. Lo mejor es que ella lo deseaba aún si no lo hubiera estado.

Me parte el alma pensar en los regazos vacíos de las madres de las niñas secuestradas en Nigeria, casadas a la fuerza. Muchas no volverán a sus hogares, por desgracia. Hice mío esta Navidad, el DOLOR de una madre siria a quien el ISIS arrebató de las manos a su hija de tres años, con el mismo fin.

Tampoco puedo ni pensar la desesperación que sentirán las madres que por causas de guerra o carestía o por marginalidad social, no puedan alimentar a sus hijos.

Me duele pensar en las madres cuyos hijos, o ellas mismas con sus bebés en brazos o por nacer, se lanzan a cruzar el mar en una patera. ¿No haría yo lo mismo con tal de asegurar a mi hijo una vida digna, un futuro… el pan de cada día?

Ante todas ellas, me miro y siento la pequeñez de ser una madre más. Siento el “egoísmo” de poder abrazar, alimentar y vestir cada día a mis hijos, en cada momento. No es una CULPA, es una “RESPONSABILIDAD de compartir”.

Ante ellas educar a mis hijos, se convierte en la ALEGRÍA de poder enseñarles a caminar y a construir nuevos caminos en el futuro más justos para todos.

Como creyente, miro a la madre de Cristo y le pregunto cómo amó ella a su Hijo, en cada momento. María, en silencio, siempre me enseña el buen camino.

Confieso, que la asignatura que más me va a costar es aprender a dejarles volar. Y ¡qué dicha si vuelan solos y con alas fuertes!

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Y tu... ¿caminas conmigo?

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