“No acertaba a escuchar dónde me llevaba Dios ni a entender qué hacía yo allí”

Si conociéramos el futuro, la vida perdería todo su encanto.

Si supiéramos qué nos va a pasar, si pudiéramos mirar “por un agujerito” a dónde nos llevan los caminos que tomamos, daríamos al traste con las sorpresas y nos volveríamos grises y aburridos. Es verdad que muchas veces sería insoportable conocer con antelación, aquellos futuros capítulos de nuestra vida que nos han de llegar cargaditos de dolor, porque además de las complicaciones que nosotros mismos nos buscamos, siempre hay algo doloroso que nos toca de refilón… o de lleno.

Hace una semana, me imponía unos días de discernimiento tras haberme quedado en el paro. Tenía claro que pronto volvería a la actividad laboral, pertenezco a una lista de interinos en la que me sitúo con alta puntuación. Siempre dije: “a mi nunca me faltará, si me falta a mi… todo el mundo estará parado”. Pero llegó. Esa situación de incertidumbre sólo duró dos horas, tiempo tras el cual recibí una llamada ofreciéndome un nuevo contrato, pero tiempo suficiente para que mis pies tocaran tierra y mis sentidos se abrieran al discernimiento.

manoslibres

Llevo en mi trabajo desde el año 1993. Siempre atendiendo al público. Empezó como un trabajo temporal y ocasional que me ayudaba a pagarme los estudios y ayudar a la familia y se convirtió en algo parecido a una cárcel de la que no he podido escapar… hasta hace unos años. Me explico. Yo nunca quise ser administrativa, quienes me conocen saben que de siempre odié el papeleo y la burocracia. Durante muchos años, algo se retorcía dentro de mi cuando tenía que rellenar un cuestionario poniendo ADMINISTRATIVA en la casilla “Profesión”… o cuando los demás me preguntaban “¿qué eres?”

Te preguntarás: ¿y cómo es que has escapado si sigues en el mismo trabajo?. Sencillamente, acepté que era mi sitio. Mi trabajo no sólo es la actividad que me aporta el sustento para vivir (eso era hasta hace poco), ahora, además, es el lugar donde tomo contacto con los demás, con la parte más propia de los demás. Porque el apellido de mi profesión es SANITARIA. Y pienso que el Señor sabía lo que se hacía al ponerme ahí. ¡Tantas veces he intentado escapar de ese trabajo y tantas otras me he estrellado en el intento!. Aceptar con humildad Su voluntad, me ha liberado. Poner mis dones al servicio de los demás y no sólo ir a cumplir el horario y desempeñar mi trabajo, me llena cada día. Sí, cada día tiene sus más y sus menos (cada día trae su afán, que dice el Evangelio)… pero igualmente, los tendría y yo viviría más triste.

Cuando recibí la llamada, me ofrecieron cuatro puestos. Todos los “buenos” contratos estaban repartidos, eran los cuatro últimos… todos temporales. Y debía elegir uno. Me la jugaba para una temporada. Al momento, me tentó el único que no tenía atención al público. Después de tanto tiempo y algo desgastada de mi último contrato, era la mejor opción para mi. Pero está claro que no eran los planes de Dios.

Tres días más tarde otra llamada volvió a poner en juego el discernimiento. Era la primera en la lista para un contrato de larga duración. Otro lugar diferente, atención al público, otra vez a la trinchera, como llamamos al mostrador los del gremio: ¿aceptaba?.  Mi cabeza voló sopesando pros y contras. Mi corazón permaneció tranquilo y mi ánimo sereno.

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Como en las contemplaciones de las oraciones, llegó a mis ojos la capilla del hospital que debía ser mi nuevo lugar de trabajo y la talla de la Virgen de la Arrixaca; llegó a mis oídos las veces que dije en voz alta “si tuviera la suerte de disponer de una capilla abierta las 24h”… Sí, acepto. Allí es donde Dios quiere que vaya. A ocuparme de la humanidad herida. A construir su Reino.

Valiente misión para un alma tan pequeña.

Después de tres días en ese nuevo puesto, empiezo a entender qué hago yo allí y doy gracias por ello, porque al igual que Pablo Veiga SJ, “no acertaba a escuchar dónde me llevaba Dios“.

mision

 

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